<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><!-- generator="wordpress.com" -->
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	>

<channel>
	<title>premio-fernandez-lema &amp;laquo; WordPress.com Tag Feed</title>
	<link>http://wordpress.com/tag/premio-fernandez-lema/</link>
	<description>Feed of posts on WordPress.com tagged "premio-fernandez-lema"</description>
	<pubDate>Sat, 11 Oct 2008 21:36:41 +0000</pubDate>

	<generator>http://wordpress.com/tags/</generator>
	<language>en</language>

<item>
<title><![CDATA[Pagafantas en la viña del Señor]]></title>
<link>http://masacreenlosjardines.wordpress.com/2008/01/22/30/</link>
<pubDate>Tue, 22 Jan 2008 14:23:31 +0000</pubDate>
<dc:creator>Masacre en los Jardines</dc:creator>
<guid>http://masacreenlosjardines.es.wordpress.com/2008/01/22/30/</guid>
<description><![CDATA[¡Ostias y Cristos! ¡Sátrapas! ¡Plutones!
En Masacre hoy queremos felicitar efusivamente a Félix]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<p align="justify" style="line-height:16pt;text-align:justify;margin:0;" class="MsoNormal"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><font color="#333333">¡Ostias y Cristos! ¡Sátrapas! ¡Plutones!</font></span></p>
<p align="justify"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><font color="#333333"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;">En Masacre hoy queremos felicitar efusivamente a Félix J. Palma, insigne cuentista patrio -y admirado en este templo de mala leche y poción mágica-, por un reciente logro que está lejos de ser baladí. Sabemos por ciertas informaciones que más de uno y más de dos mamíferos concurseros han imitado su estilo con desigual pericia, pero el último caso es carne de cotolengo. El cuento premiado en  el pasado <a target="_blank" href="http://www.premiosfernandezlema.com/siguiente.htm"><em>Premio</em> <em>Fernández Lema</em></a>, uno de los más importantes que da la Institución y Madre Literaria de esta nuestra Iberia, es un plagio cagabancos, torpe, falaz y montopronto de su famoso cuento, <em>Las Interioridades </em>(Ed. Castalia, 2002). Nuestras felicitaciones para ti, Félix. Además de ser un referente del cuento, pasarás a los anales de la cuentística española por tener una estela más que nutrida de epígonos patosos. </span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"> </span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;">Y para muestra, varios mordisquitos. No se vayan a la cama sin su ración de regaliz y porra de goma.</span></font></span> </p>
<p align="justify" style="line-height:16pt;text-align:justify;margin:0;" class="MsoNormal"><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;">“Conocí a Moncada en el armario de Silvia Pizarro. Era la primera vez que me encontraba con alguien dentro de un armario y, francamente, el verlo allí encogido, con el rostro medio cubierto por los faldones de una gabardina y tratando de no quemar nada con el cigarrillo, no hacía presagiar el comienzo de ninguna gran amistad. Pero así ocurrió. Una vez superé la tensión inicial y asimilé lo extraordinario del encuentro, Moncada y yo entablamos una conversación que si bien al principio resultó algo tópica, como esas que se mantienen con los barberos o los taxistas, no tardó en interesarnos. Dado que él ya se encontraba allí cuando yo llegué, Moncada asumió el papel de anfitrión de un armario que a ninguno de los dos pertenecía. Con una carta de amor que encontró en una caja con forma de corazón que no le dejaba estirar los pies, fabricó un cenicero, y luego me ofreció tabaco.”</span></p>
<p style="line-height:16pt;text-align:justify;margin:0;" class="MsoNormal"><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"></span></p>
<p><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"></span><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"></span><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"></span><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"></span><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"></span><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"></span><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"></span><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"></span><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"></span><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"></span><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"></span><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"></p>
<p align="right" style="line-height:16pt;text-align:right;margin:0;" class="MsoNormal"><span style="font-size:10pt;color:black;font-family:Verdana;"><em><strong>Las interioridades</strong></em>, Félix J. Palma, Ed. Castalia, 2002</span></p>
<p align="right" style="line-height:16pt;text-align:right;margin:0;" class="MsoNormal"><span style="font-size:10pt;color:black;font-family:Verdana;"></span></p>
<p align="justify"><span style="font-size:10pt;color:black;font-family:Verdana;"><span style="font-size:13.5pt;font-family:Garamond;">“Conocí a Julián Valdivieso un martes por la tarde en los alrededores de La Casa de Campo. Él estaba posado con displicencia sobre los restos de un viejo cable de teléfonos y, francamente, al principio su descuidado aspecto de alimaña desvalida, no me resultó muy amistoso. Yo había ido a dar allí por casualidad y lo último que esperaba al aparcar mi coche junto a la cuneta para orinar, era mirar hacia arriba y encontrarme a cinco metros de altura el cuerpo remiso de un hombre austeramente plegado sobre sí mismo como un gorrión, mirándome. Después de unos segundos de desconcierto inicial, en los que ninguno de los dos acertó a decir nada, me hizo gestos nerviosos con la mano para que subiera a su atalaya o me largara porque le estaba espantando la caza. Nunca antes me había encontrado con nadie posado tranquilamente sobre un cable como un funambulista sin público; ni había sido testigo de esa destreza para esquivar los designios de la gravedad como quien se remueve bajo las sábanas para retomar un último sueño; y por supuesto, nunca antes en mi vida me había topado con un hombre con alas. Así que, por si acaso, obedecí con el fervor de un monaguillo. Mi impericia inicial para mantener el equilibrio sobre aquella menguada superficie y el viento que soplaba a rachas del norte hicieron que diera con mis huesos en el suelo media docena de veces antes de conseguir cierto virtuosismo en el alambre. Entonces Julián Valdivieso se ahuecó la gabardina con un gesto de versado gavilán, plegó las alas, me ofreció un cigarrillo y enseguida comprendí que no estaba delante de un tipo cualquiera, sino ante un experto equilibrista que había conseguido crear un hospitalario hogar en aquel minúsculo limbo a merced de la naturaleza.”</span><span style="font-size:13.5pt;font-family:Garamond;"> </span></span> </p>
<p align="right"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><em><strong>Terapias</strong></em>, Oscar Alonso Álvarez, </span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;">Premio Fernández Lema 2007</span></p>
<p align="justify"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;">“Moncada era un hombre experimentado en estas lides, una especie de sobreviviente de la espera. Como aquel armario no disponía de luz interior, le fui completando el rostro a golpe de mechero. Entre cigarrillo y cigarrillo, la llama del encendedor limpiaba de sombras un semblante anguloso, casi equino, donde relucían dos ojos negros y profundos en cuyo fondo parecía palpitar un furor aquietado, como una bala en la recámara. Era aquel brillo vagamente turbador el que evitaba que su rostro pudiera plasmarse en los cuadros de las iglesias, a los que un cabello rizado como el algodón de azúcar y unos labios infantiles parecían predestinarlo. En un momento de la velada, Moncada me pidió disculpas, extrajo un teléfono móvil de su chaqueta y se giró en lo posible, rebañando cierta intimidad en aquel universo ya de por sí bastante íntimo. Le oí hablar con su mujer, con quien cruzó un par de palabras que no logré entender antes de abandonarse a una letanía de arrumacos y embelecos tan infantiles que me hicieron creer que su cónyuge sufría algún tipo de discapacidad síquica, para después comprender que la mujer debía haberle pasado el auricular a su hijo”.</span><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Verdana;"> </span></span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"> </span></p>
<p align="right"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><strong><em>Las interioridades</em></strong>, Félix J. Palma, Ed. Castalia, 2002</span></p>
<p align="justify"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><span style="font-size:13.5pt;font-family:Garamond;">“En aquella amistad provisional del primer día, a golpe de cigarrillo fui completando la ornitológica imagen de Julián Valdivieso. Rondaría los cuarenta años. Su rostro pálido como una cebolla, prematuramente envejecido, la frente agostada y sus ojos negros de picaza me decían que estaba en presencia de un hombre triste; tal vez un ejemplar de una nueva especie en franca expansión por el mundo; también fui descubriendo que había sido técnico informático en una gran empresa, que había estado casado y que tenía dos niñas en algún lugar de Madrid. Frente a la luciérnaga de su cigarrillo, adiviné la fotografía de dos caritas con ojos chispeantes y pelo rubio ensortijado que sonreían a la cámara, y a su lado una mujer joven de mirada serena”.<span style="color:black;"></span></span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"> </span></span></p>
<p><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"></span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><em><strong>Terapias</strong></em>, Oscar Alonso Álvarez, </span></span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;">Premio Fernández Lema 2007</span></span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"></span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"> </span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"></span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"></span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"></p>
<p align="right"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"></span></p>
<p></span></p>
<p align="justify"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;">“Tras ese primer encuentro, sin embargo, ya nada fue igual. Durante aquellas horas de charla, con los cigarrillos revoloteando como luciérnagas sobre el sentimental cenicero, Moncada me había confesado que, aparte del armario de Silvia Cotrina, él solía frecuentar otros. Y no le importó compartir conmigo sus descubrimientos. Me cantó las excelencias del armario de Elsa Puche, que me recomendó por lo acertado de su tamaño, unas dimensiones cálidas y confortables que parecían diseñadas expresamente para el disfrute de los hombres que se adentraban en su interior; me advirtió sobre el de Verónica Alonso, un vestidor enorme en el que uno se sentía desamparado, como precipitado al vacío, pugnando inútilmente por alcanzar su fondo o sus paredes. Entre calada y calada, me habló del de Carolina Pozo, tan oscuro y profundo como su apellido; del de Fátima Rivera, que olía a lavanda y flores secas; del de Leticia Burgos, henchido por la humedad. Me habló también del de Sonia María de la Cruz, que se movía insinuante al compás de tus movimientos, debido a la cojera de una de sus patas; del de Pilar Collado, que no podía contener un gemido de dolor cada vez que alguien se internaba en él, a causa de sus bisagras mal engrasadas; del de Yolanda Noriega, siempre tórrido y supuroso debido a la caldera que palpita al otro lado de la pared; del de Cristina Eugenia Ovejero, un armario virginal, que debido a una mudanza eternamente pospuesta, todavía atesoraba ese olor tan incitante de lo que aún está por estrenar; del de Virginia Ballesteros, que a pesar de su edad se antojaba tan imberbe como el de una niña, empapelado de un rosa pubescente y en cuyo fondo se apretaban los peluches que desterraba de su cama cuando recibía visita”.</span></span></p>
<p align="right"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"></span></span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"><span style="font-size:10pt;color:black;font-family:Verdana;"><em><strong>Las interioridades</strong></em>, Félix J. Palma, Castalia, 2002</span></span></span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"><span style="font-size:10pt;color:black;font-family:Verdana;"> </span></span></span></p>
<p align="justify"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"><span style="font-size:10pt;color:black;font-family:Verdana;"><font size="3" face="Times New Roman"><span style="font-size:13.5pt;font-family:Garamond;">“A partir de aquel día las cosas ya no fueron lo mismo para mí. Nunca imaginé que pudiera existir una raza de hombres con alas, alas de cóndor, alas de paloma, alas de buitre, alas de lechuza como las mías: ideales para el ataque nocturno, alas de alimoche, alas para la delación, para los malos augurios, incluso inútiles alas de gallina </span></font></span></span></span></p>
<p align="justify"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"><span style="font-size:10pt;color:black;font-family:Verdana;"><font size="3" face="Times New Roman"><span style="font-size:13.5pt;font-family:Garamond;">[…]  No obstante, pronto averigüé por el propio Julián Valdivieso, que no era el único inquilino de aquellas alturas provisionales. En la azotea del edificio de Correos vivían desde hacía varias semanas los seis miembros de una familia de inmigrantes rumanos de piel cetrina que se ganaban la vida en la calle Recoletos fingiendo monstruosas malformaciones a los viandantes y que por la noche, en castrense orden de retreta, regresaban felices con el preciado botín de la piedad ajena para ocupar las angosturas de su cubil provisional; Sobre la torre de RTVE habitaba una joven estudiante de Biología, Verónica Carro, cimbreante y sensual como una grulla, a la que Valdivieso había invitado varias veces a pasar la tarde tomando café en su nido de Cazorla. En la cubierta del Santiago Bernabeu, un melenudo batería de un grupo de heavy-metal que respondía por Ángel Arregui y volaba como un estornino, le suministraba algo de hierba cuando la nostalgia le suplicaba un reposo. O en las torres KIO, que estaban ocupadas desde hacía varios años por el séquito de un viejo de costumbres hurañas y porte de gárgola románica que decía ser descendiente de un monarca europeo -el marqués del Guano, le apodaba Valdivieso- y que sólo esperaba el momento de recuperar lo que le pertenecía por ley y salir a la luz. La lista de tan curiosa caterva de inquilinos continuaba hasta hacerse abrumadora”.</span></font></span></span></span></p>
<p align="right"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"><span style="font-size:10pt;color:black;font-family:Verdana;"><font size="3" face="Times New Roman"><span style="font-size:13.5pt;font-family:Garamond;"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><em><strong>Terapias</strong></em>, Oscar Alonso Álvarez, </span><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;">Premio Fernández Lema 2007</span></span></font></span></span></span></p>
<p align="justify"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;"><span style="font-size:13.5pt;color:black;font-family:Garamond;"><span style="font-size:10pt;color:black;font-family:Verdana;"><font size="3" face="Times New Roman"><span style="font-size:13.5pt;font-family:Garamond;"><span style="font-size:10pt;font-family:Verdana;">Pueden seguir leyendo el cuento plagiado en la <a target="_blank" href="http://www.premiosfernandezlema.com/castellano07.htm">web del Premio</a>.</span></span></font></span></span></span></p>
<p></span></p>
]]></content:encoded>
</item>

</channel>
</rss>
